Ingresa al servicio de urgencias un anciano de unos 74 años, solo, diciendo que se sentía mal: dolor en el pecho, mareos, náuseas. Yo de una le hago electrocardiograma, le hago de todo, mi gente, por si era un posible infarto.
Pero el paciente estaba bien. Se me acerca y me dice:
—Doctor, yo necesitaba ingresar a urgencias, pero le voy a contar la verdad: no tengo nada.
Yo a veces digo que los pacientes amanecen en mercurio retrógrado. Le pedí que me explicara.
—Lo que pasa es que yo tengo mucho dinero y quiero saber a quién le dejo mi herencia. Quiero hacer una prueba, porque a veces siento que mis hijos solo me quieren por la plata. Necesito que usted diga que estoy muy grave, que son mis últimas horas. Llamamos a mis hijos y los quiero escuchar.
Wow. A mí eso me olía a chisme. Esto me sonaba a Televisa presenta. Pero el servicio estaba vacío, había camas de sobra, así que le dije: dale, hagámoslo.
Llamé a los tres hijos —una mujer y dos hombres— y les dije que su papá había ingresado solo, muy grave, que eran sus últimos días. Llegaron como a las tres horas. Y aquí viene lo que me partió el alma: no me preguntaron cómo está nuestro papá, ni qué tiene.
Hicimos el "proceso". Entré al cuarto y les dije: lo siento mucho, su padre acaba de fallecer. Le pusimos una sábana encima, con los ojos cerrados, y los dejé pasar a verlo.
El primero arrancó:
—¿Y qué va a pasar con las casas, con los terrenos, con la finca? Yo me quiero quedar con eso.
La hija:
—Pues yo me quiero quedar con el Mustang y con el Ferrari, tú sabes que a mí me gustan los carros.
Yo no lo podía creer, mi gente. Se me arrugó el corazón. Pero el tercero rompió en llanto:
—¿Por qué hablan de lo material? ¡Mi papá acaba de fallecer! ¿Por qué no piensan en despedirlo, en llorarlo, en agradecerle por todo lo que hizo?
Les dije que los dejaría un momento a solas. Y ahí el papá —que estaba "muerto"— se levantó de la camilla.
—No, doctor, no es necesario. Quédese.
Wow. Se levantó el muerto. Los hijos: ¿papá, estás bien? ¿es un milagro? Y él, firme:
—No es un milagro. Los estaba probando, para saber a cuál de ustedes le iba a dejar mi patrimonio. Y me tienen decepcionado: estaban esperando mi último momento para quedarse con todo. Ni mis fincas, ni mis tierras, ni mis carros van a ser para ustedes.
Abrazó al hijo que lloró y le dijo: tú vas a ser el heredero de todo.
El mensaje es claro, mi gente: no sean interesados. Quieran a sus padres, quieran a sus madres. El dinero no lo es todo, las herencias no lo son todo.