Hoy en Último Diagnóstico tenemos una historia muy compleja. Es la historia de Saray, una mujer que fue Testigo de Jehová y que perdió a su hijo por no permitirle una transfusión de sangre. Como médico, es una situación difícil, donde a mí me toca ser imparcial. Pero hoy le doy el micrófono a ella.

—Saray, cuéntanos: ¿quién era tu hijo?

—Mi hijo era un niño muy contento, feliz, cariñoso. Le encantaba el fútbol, le encantaba el deporte, ir al parque, jugar. Era un niño muy sano. Pero de pronto empezó a estar enfermito, decaído.

Lo llevó al médico. Le dijeron que era algo común, que no era grave. Volvió una y otra vez, porque el niño seguía apagándose. Se puso pálido. Y ella, mientras tanto, se aferraba a lo que le decían en su iglesia.

—Yo confiaba en que, como era Testigo de Jehová, tenía que esperar. Pero igual lo llevaba al médico, confiando en que todo iba a mejorar.

Hasta que llegó el día en que el mundo se le paró.

Imagínese… para mí fue que se me derrumbó el mundo. Yo estaba esperando una mejoría, no que me dieran una noticia así.

El caso era grave. Había que hacerle una transfusión de sangre. El niño, poco a poco, fue entendiendo que estaba mal: ya no quería jugar, decía que se sentía cansado, que tenía mareos. Y Saray tenía que sostenerse para sostenerlo a él.

—Yo me apartaba, lloraba, me lavaba la cara y volvía con el niño.

Él lo notaba. Y un día, ese niño tan pequeño le dijo una frase que la marcó para siempre:

"Mamá, tú eres fuerte. Tú eres valiente, no puedes llorar."

Él pensaba que ella lloraba por otra cosa. No sabía que lloraba por él.

Los médicos insistieron, ofrecieron alternativas, intentaron todo lo posible. Pero sin la transfusión, el proceso no funcionó. Saray entró a la habitación y encontró a su hijo dormido, frío.

—Se me derrumbó el mundo. Pensé que yo también me acababa ahí con él. Eso es muy grande, muy doloroso. No se lo deseo a nadie.

Alcanzó a tenerlo en el pecho un ratito antes de que se lo llevaran.

Después vino la culpa, la ansiedad, la depresión. Tuvo que ir a psicología. Y poco a poco fue llegando a una conclusión que hoy quiere dejarle a otros padres:

—Hay que creerle a Dios, sí, pero también a la medicina. Por algo el Señor les dio sabiduría a los médicos para salvar vidas. Mi error fue esperar. No había que esperar, había que actuar.

Le pregunté qué le diría a su hijo si pudiera decirle una sola cosa.

"Que lo amo, que todavía lo amo con todo, y que lo extraño."

Saray, gracias por la valentía de contar esto. La enseñanza que nos queda es que hay decisiones en la vida que hay que tomar con raciocinio. La fe, el fanatismo, la ciencia… siempre han tenido esa batalla. Pero cuando está de por medio una vida, el proceso hay que tomarlo con mucho cuidado.

Si tú estás pasando por algo así, o conoces a alguien que lo esté, escúchala a ella. A veces la lección más grande llega del dolor más profundo.